Mezquindades

jonas-pescadoDe mezquindad hay de muchos tipos y están presentes en multitud de acciones de la vida cotidiana. No darse a los demás en ningún aspecto, ser poco dadivoso en lo económico o no mostrar empatía cuando alguien necesita ayuda, son actitudes que forman parte de esas “miserabilidades” con las que nos podemos encontrar a menudo. Ahora no entraré en la parte material sino en aquella mezquindad más sutil, la que a veces no identificamos como tal.

Me imagino una pluma cayendo que te roza la cara. Esperas un tacto suave pero al contacto la pluma te pincha y te daña. Su apariencia puede ser ligera y delicada, pero la mezquindad esconde años o décadas de rabia contenida (por la persona y sus antecesores), de agravios (interpretados como tales), de envidia o de animadversión hacia el otro/a convertido en un juicio implacable, en indiferencia y/o abuso.

La mezquindad no se presenta siempre abiertamente sino que se agazapa detrás de la tristeza y del miedo y, muy especialmente, tras la ira. Hay casos de personas cuya cicatería está presente en todas sus acciones, sobretodo en una sociedad capitalista y competitiva como la nuestra. Sin embargo, lo más habitual es que sorprenda y aparezca más allá de lo perceptible, por ejemplo, la tacañería. Así, también podemos encontrarla cuando alzamos los mecanismos de defensa ante una persona o situación, cuando se usa consciente o inconscientemente para pinchar al otro, juzgarlo, herirlo, humillarlo, agredirlo y amenazarlo más o menos veladamente con palabras o hechos. Esa mezquindad campa a sus anchas cuando la usamos para sentirnos vencedores de una situación, cuando pensamos que hemos conseguido imponer al otro nuestro criterio y le hacemos sentir mal, indicándole todo aquello en lo que supuestamente falla, alzándolos en gloriosos jueces de lo que el otro ha de saber sobre sí mismo según nuestro criterio. Y todo esto puede llevarse a cabo con el grito o con el susurro, con la mirada, el gesto o la intención. Lo mezquino puede revelarse de innumerables maneras, por supuesto mediante la avaricia, el egoísmo o la usura, pero también en el mirar siempre hacia otro lado en las flagrantes injusticias, entre muchas otras. Estos comportamientos son un pan nuestro, más de cada día de lo que pensamos, y de casi todas las personas adultas, es decir, de cada uno de nosotros/as. Así, la mezquindad ostenta un lugar claro y definido en el quehacer humano, que aleja a las personas del altruismo y de los buenos sentimientos. Pero también, y a la vez, podemos ser todo lo contrario.

Por eso es tan importante aprender a reconocer la propia miseria, a saber cuándo nos asalta, dado que a menudo se vuelve contra nosotros. La persona que actúa mezquinamente con los demás también lo hace consigo misma, sea o no consciente de ello. Y más conviene saberlo si queremos transformar esa parte en algo más sano, donde nuestra autoconfianza y respeto amarre en corto las pequeñas o grandes mezquindades que todos de una u otra manera, en algún u otro momento de la vida, hemos dejado aflorar.
No es plato de buen gusto descubrirse teniendo actitudes que tanto nos disgustan en los demás, pero forma parte del propio autoconocimiento, nada se puede cambiar si no se conoce y no se toma la decisión consciente de modificarlo. Si nos damos cuenta de ello y estamos dispuestos a un cambio, eso nos hará personas más felices y satisfechas y nos ayudará, sin duda, a que nuestras vidas -y la vida en esta tierra- sean mucho mejores y más plenas.

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